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Marilyn Manson – Mechanical Animals (1998)

Con el fuego, la seda se convierte en cianuro, pero en el infinito y poderoso universo del arte se puede invertir el proceso, y eso es lo que hizo Marilyn Manson con esta segunda parte de la trilogía del anticristo, basada en la gestación, auge y autodestrucción de una estrella del Rock, pero contada al revés, como un flashback que desanda el sendero de aquellos que mueren jóvenes, haciendo que sus nombres y obras se hagan leyenda.

Ese cianuro fue vertido por Antichrist Superstar, pero lo que nadie esperaba era que aquel corrosivo veneno trasmutara al segundo estado de la materia de un artista, la fama, y esa seda que antes fue veneno la tejió Mechanical Animals, con todo su etéreo brillo y cósmico glamour…

Tal estrellato fue tanto plasmado en el álbum como logrado por su creador, ya que con este disco, este monstruo del Rock fue conocido y admirado por un mayor número de masas, ajenas al peligro de sus primeras obras, alcanzando a vender más de 8.700.000 copias por todo el Mundo. La polémica estaba servida, ¿Manson se había vendido?, ¿había traicionado a su fiel legión de fans?, lo que sí era cierto y lógico es que hubiera sido demasiado fácil, además de un crimen, seguir con la fórmula del Antichrist Superstar hasta quemarla. Era mejor dejar atrás y como única a aquella anterior joya que hizo que el Rock volviera a ser peligroso como antaño, también porque ‘nunca segundas partes fueron buenas’, incluso en manos de un genio.

Engrasada y rectificada la robótica de su música, los sucios y oscuros sintetizadores de la ilustre y bizarra escuela Reznor (su mentor) fueron reemplazados por una electrónica más amable y luminosa, al mismo tiempo en que aquella decadente estética de nefario travestismo sufriera tal purificación que nos mostrara a una especie de ángeles cyberpunkies venidos de un ‘gran mundo blanco’, transición total, y contraste muy inesperado para los que conocíamos su anterior obra, pero que al fin y al cabo el tiempo le ha dado firme razón de ser, al menos para algunos que entendieran su concepto.

El esplendor y clase de Great Big White World, con ese ‘algo’ del nuevo Gothic Metal que los ’90 moldearon (hasta irradiar la luz que legitima el significado del término ‘gótico’); el lascivo garbo de The Dope Show, con su polémico videoclip, que plasma un mundo utópico repleto de ‘hombres de negro’ y policías gays; el sentimiento y fuerza del tema-título, que tras denunciar al género humano por su necio rumbo colectivo y su falta de sentimientos, calificándolos como ‘animales mecánicos’, lanza el mensaje que resume la idea de ésta y la anterior obra: ”Éste no soy yo, yo no soy mecánico, sólo soy un muchacho jugando al Rey del Suicidio”.

En este álbum Manson seguía encarnando a su personaje de siempre, a su alter ego, pero mostrando esta vez su lado más frágil, el de un individuo aturdido y contrariado por un mundo sin alma donde él no encaja, un ser ‘disasociativo’ respecto a todo lo que le rodea. La inercia de la fama lleva a las drogas, ello es plasmado en la desenfadada I Don’t Like The Drugs [But The Drugs Like Me] (‘No me gustan las drogas, pero a las drogas les gusto yo’), un título que desde el humor explica el itinerario natural e irremediable al que está predestinado casi todo rock star, la casilla obligatoria en el viejo juego del Rock. En ese variado mundo de las sustancias (donde ellas te buscan, te llaman, pues ‘les gustas’), Manson nos presenta en forma de balada psicodélica Coma White, una pastilla que, tras su toma, te anula, te convierte en ‘nadie’, abandonándote los 5 sentidos a tu suerte.

Además, varias de las mejores baladas de su discografía están aquí, la acústica The Speed Of Pain, la opresiva/depresiva Disassociative, que es como una densa nebulosa de sonido y sentimiento, como eco de un pesar de otro mundo; la dulce The Last Day On Earth, seguida de cerca por su alma gemela, la ya mencionada Coma White. Y no por ello en este álbum falte la garra, pues también tienen cabida temas con rabia como Rock Is Dead, Posthuman o la intensa I Want To Disappear, pero todas ellas desde una tralla más comedida, más dosificada de lo que nos tuvo acostumbrados el ‘reverendo’ y los suyos, para así no romper la atmósfera general del disco.

En este capítulo de los ‘animales mecánicos’, Marilyn Manson demostró ser un héroe del género, capaz de reinventarse a sí mismo en cada entrega de su propia saga, mostrándonos varias vertientes de su ‘yo’ musical y filosófico, puesto que él, es un genio que va más allá del propio arte, y que no obedece a una ciencia exacta y preestablecida de la aburrida y detestable rutina de la lógica…

… Él no es un ‘animal mecánico’.

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