En los últimos días ha dado qué hablar el tema de los asistentes a Lollapalooza Chile; que posan, que no pueden ser fanáticos de Metallica y andar con coronas de flores, que tercero y cuarto medio invadió el festival, que las fotos, que la moda, las prendas, las poleras de Korn y los shorts dejando poco a la imaginación, etc.

Partamos porque tienen derecho a asistir quienes quieran, vestidos como quieran, con quienes quieran, y a sacarse la cantidad de fotos que deseen. A pesar que el precio de la entrada sube considerablemente y la música electrónica se hace partícipe cada vez más seguido.

© Ramiro González Photography

Pero déjenme decirles algo, nosotros también tenemos derecho, derecho a ver los artistas que esperamos, derecho a disfrutar el hecho de ver a una banda, y por sobre todo, respetar a los que están sobre el escenario. En mis últimos años asistiendo a Lollapalooza he tenido experiencias poco simpáticas y empáticas al momento de estar escuchando (o al menos intentando) a cantantes que merecen nuestro respeto, cariño, y atención (¿por algo pagamos para verlos, no?).

El año 2016, Alabama Shakes asistió por segunda vez a nuestro país, los que ya habíamos tenido la oportunidad de verlos años atrás sabíamos a qué nos enfrentaríamos; voz potente, una chica tímida cantando frente a miles de personas, dándonos las gracias por la sorpresa de que su música cruzara países, letras preciosas, y un tipo al lado mío que me mira y me dice “Loco, la trajeron los dioses.” Pero hubo un problema, uno que dejó bastante que desear: chicos ebrios, gritando y molestando a los asistentes que, algunos con los ojos cerrados, intentaban disfrutar la hermosa voz de Brittany Howard.

Este año, 2017, disfrutando a Cage The Elephant, una pareja colombiana detrás de mi conversaba de la vida, de sus viajes, de anécdotas del pasado. El tono NO era prudente (sabemos que estando en un concierto se debe subir el tono de voz si es que se quiere decir algo porque cuesta bastante entenderse), miré varias veces con caras pocos simpáticas para ver si entendían de una u otra forma que el lugar quizás no era el más propicio para conversar si es que habíamos probablemente mucha más personas a su alrededor intentando escuchar lo que Matt Schultz decía, cantaba, etc.

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Dejémonos de analizar ropas, zapatos, cantidad de fotos, barrios, rubias o morenas, y pensemos que si realmente vamos a pagar por algo que nos gusta, disfrutemosrespetemos, que habemos algunos pocos que vamos a escuchar y respetar a los que están arriba del escenario entregándonos lo que también queremos entregarles.